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Hacer tripas corazon

Publicado: Sábado 1 de Junio, 2013
Por: Carmen Rosa Zelaya Pflucker

“Hacer de tripas corazón” : La maternidad tras la violación

 

El trabajo que presentaré procede de mi participación en el Proyecto “La Casa de la Familia”, el cual se caracteriza por acoger por las tardes a madres y padres con sus pequeños hijos, en un espacio de juego compartido, desde un enfoque psicoanalíticamente preventivo. El primer local de la institución se ubicó en el centro de Lima, lugar de fácil acceso para las familias que viven en los Pueblos Jóvenes aledaños, asentamientos humanos precarios en los que existe un alto índice de violencia, poblaciones que viven en los márgenes de la ciudad y sobretodo donde se establecieron a vivir aquellos que migraban del interior del país. Hacia las últimas décadas del 1900 la migración del campo a la ciudad fue masiva. Las invasiones en los arenales y el aumento del comercio daban cuenta del esfuerzo y tesón que los migrantes debían enfrentar para vivir y llevar a cabo sus anhelos de superación y progreso. Como parte de este fenómeno migratorio el “centro” de Lima se tugurizó, y con ello se generalizó la inseguridad ciudadana, asediada por la delincuencia y amenazada por la expansión de enfermedades contagiosas.

La mayoría de las jóvenes madres que acudían a La Casa de la Familia habían llegado a “la Capital” con la expectativa de estudiar alguna carrera corta, sea inglés, computación o cosmetología como para poder trabajar y establecerse “dignamente” en la ciudad. Sin embargo, por lo que pude comprobar en mi encuentro con ellas era que muchas no lograban alcanzar su objetivo, pues quedaban embarazadas al poco tiempo de arribar a la capital.

Insertarse en la vida en Lima constituye un reto de alta exigencia para todo migrante, pero más aún para una mujer joven andina. Ésta debe enfrentar un ambiente caótico y hostil, que se expresa sobretodo en el machismo y la discriminación étnico-racial.

Por lo general, se acostumbraba que los migrantes se alojen, o bien se “amparen” en casa de algún pariente cercano o en alguna pensión mientras conseguían un trabajo que les permitiera alquilar un cuarto donde vivir, en su mayoría hacinados y pobres. Aquellas mujeres que asistían a La Casa de la Familia llegaban con un hijo o más en brazos y con la expectativa explícita de recibir orientación para criar mejor a sus hijos de lo que habían sido ellas criadas.  En su mayoría iban solas, no tenían pareja estable y comprobamos que en el fondo buscaban un espacio de escucha para sí mismas, para desahogarse, ya que el maltrato y la violencia física habían marcado fuertemente sus vidas. Algunos relatos impactaban ser vivencias extremadamente dolorosas. Los grupos de mujeres de la comunidad constituían la más importante red de apoyo para ubicarse y sobrevivir, sobre todo para el cuidado de los niños. A pesar de la hostilidad que debían enfrentar la autoestima de estas mujeres se aferraba a una especial veneración por sus hijos. Los vestían con sus mejores trajes para salir a la calle, sintiéndose muy orgullosas de que los admiren.

Uno de los casos más desgarradores que escuché fue el de Amanda. Una joven madre de 19 años que llegó a la Casa de la Familia con su bebe de un mes y medio. Impresionaba por ser una mujer bastante robusta, bien aseada, con una dura expresión en su rostro que trasmitía soledad y amargura. La vi sentada sola en una mesita en el fondo de la sala de juegos. Su bebe durmió largamente durante la tarde y ella se dedicó a contemplar el movimiento y juego de otros niños con sus padres. Noté su presencia desde el inicio, sin embargo no me acerqué como solía hacerlo con otras madres hasta bien pasada la tarde. Me impactaba y detenía su gesto de angustia contenida, frustración, desolación y distancia. Sentí pertinente dejar pasar un tiempo para que se ubique y pudiera aceptar que alguien se le acercara. Una vez que percibí más confianza en su rostro me acerqué a saludarla, dirigiendo mi atención hacia su bebe. Le pregunté coloquialmente cuánto tiempo tenía, su sexo, cómo le iba en su primer mes. Sin embargo, mientras me respondía con displicencia noté que lo iba apartando de su cuerpo, evitaba el contacto visual y trataba de ocultarlo detrás de su cuerpo. Su expresión de rechazo y repugnancia se iban marcando con más fuerza a medida que hablaba de éste. Luego de un tenso silencio le comento sobre lo saludable que lo veía. Ella responde fríamente que no lo quiere, que ve un monstruo en él pues le recuerda, cada vez que lo mira, el ataque que sufrió por nueve hombres que la violaron una noche que regresaba a su casa después de sus clases de inglés.   Cuenta que entre todos la arremetieron en una calle oscura empujándola hacia un callejón, donde la fueron violando uno por uno. El horror de verse en tal escena la paralizó, no pudo gritar ni llorar y no recuerda más del incidente. Fue hacia al amanecer que despierta y se encuentra tirada en ese lugar, húmedo y mal oliente. Con el cuerpo adolorido y la mente perdida sólo atinó regresar a la casa de sus tíos, donde se encontraba alojada. La tía la consuela y la ayuda a asearse. A los meses debe enfrentar la realidad de un embarazo, casi cuando se encontraba a punto de dar a luz, era ya muy tarde para abortarlo. Al nacer, cuenta que no le quedó otra alternativa que atenderlo y cuidarlo. Su tía la acompañó y la alentó a no abandonarlo. Confiesa que pensó muchas veces, incluso hasta ese momento en entregarlo en adopción, era muy fuerte su rechazo, temía acabar haciéndole daño. Sentía mucha frustración de haberse visto obligada a interrumpir sus estudios.

Noté que Amanda iba acercando a su bebe mientras relataba su experiencia. El gesto de su rostro pasó de la tensa amargura a la tristeza, a una mirada vacía (Green, a 1993).

A pesar de lo vivido, a Amanda no se la veía desaliñada, su bebe se veía saludable y bien cuidado. Le expresé esta impresión sugiriendo que tal vez ella veía en su hijo algo más que el recuerdo traumático, que éste también tenía de ella, algo valioso que traía de su propia historia.

No volví a ver más a Amanda. Supe que asistió unas veces más, fechas que no coincidieron con mi visita. Nuestro encuentro me dejó pensando por mucho tiempo.

 

Consideraciones psicoanalíticas sobre el tema

La violación es una forma de violencia que remite a la expresión más pura de las pulsiones destructivas. Impresiona como una intención depredadora masculina (Mijolla-Mellor, 2004) que revela la brutalidad e irracionalidad con que se produce la descarga pulsional, se impone en este actuar la ausencia de identificación y el desinvestimiento, que conlleva a la deshumanización del otro, a la reducción de la mujer a cosa (Green, A, 1990, 2001). La violación en masa es un fenómeno social de regresión hacia formas primitivas de funcionamiento (Freud, 1921), en la que se ejerce la violencia en su forma más extrema, practicada como arma de guerra en conflictos armados. Se trata de un acto que está destinado a impactar y desarticular la estructura mental. La puesta en acto conlleva el potencial de activar fantasías inconscientes asociadas al poder primitivo del ataque y dominio fálico, fantasías terroríficas presentes en las mujeres desde muy temprana edad. En ese sentido es más que la pulsión de dominio y más que una perversión, es comparable a la realidad de una vivencia impensable, de terror sin nombre (Bion, 1962).

El rostro y los gestos de Amanda trasmitían el grito del inmenso efecto destructivo que la experiencia de violación impregnó su self. Tomada por sorpresa, bestialmente perpetrada en su intimidad, no solo lesionada en su cuerpo sino más grave e irreparable aún, desestructurada en su mundo interno. Sufrió una experiencia devastadora a la que sólo logra sobrevivir en estado de disociación, para luego refugiarse en otro de precario narcisismo, sumida en sentimientos de rabia, impotencia, degradación y vergüenza. Condenada a ver su futuro con frustración y desprecio, y a vivir aislada, quedando en un estado de muerte en vida (Green, A, 2001). La maternidad impuesta por la biología de su cuerpo la arrastró a continuar con el embarazo y hacer nacer a su hijo. Sin embargo, llegar a la Casa de la Familia hacía ver en Amanda un pequeño trozo de vitalidad que había podido mantener a salvo, al cual había que aferrarse para poder ayudarla.

Si bien la agresión es un tema presente en la maternidad y en la depresión pos parto (Pender, V, 2006; Zelaya, CR, 2003, 2006), el trauma que deja una violación exige una intensa búsqueda de objetos internos y externos estabilizadores, capaces de cumplir una función de sostén (Winnicott, 1956), de mediación y/o inhibición de los impulsos destructivos. Amanda sólo podía defenderse recurriendo a la identificación proyectiva, dirigiéndola hacia el hijo, a quien percibía como la causa de su desdicha (Green, 1993) una realidad intolerable e inasimilable (Kristeva, 1988), a riesgo de que se establezca un círculo maternal perverso (Weldon, E, 1995). En medio de la confusión y ambivalencia se apreciaba en Amanda una lucha interna para contener la posibilidad de dar paso al acto límite de abuso y maltrato.

El modo como pude observar que Amanda apartaba y ocultaba a su hijo me remitió a la más clara manifestación de lo que Julia Kristeva describe como el mecanismo de abyección, para referirse a un tipo de defensa primaria, un afecto violento de repulsión, fundado en la angustia y el miedo a la vida, que excluye el deseo y el objeto, pero que no los desaparece. Dice, “Hay en la abyección una de esas violentas y oscuras rebeliones del ser contra aquello que lo amenaza y que le parece venir de un afuera o de un adentro exorbitante… Allí está, muy cerca, pero inasimilable”. (Kristeva, 1988, p.7).

El modo como Amanda se refería a su hijo hacía ver el surgimiento masivo y abrupto de un sentimiento de extrañeza, de repulsión y de no reconocimiento de su bebe como parte suyo. Su relato mostraba la profunda necesidad de ser escuchada, validada en su horror como también de ser reflejada en la vitalidad de aquellos objetos internos que pugnaban por ser reconocidos en su afán por encontrar algún tipo de sentido capaz de permitirle continuar y aceptar el cuidado de a su bebe. Su presencia hacía ver la necesidad de un espacio, una “casa” simbólica que la acogiera a modo de espacio potencial entre el trauma y su esperanza de representarse como madre de aquella criatura no deseada.

Reflexiones

Los estudios psicoanalíticos sobre la maternidad han venido teniendo un creciente desarrollo durante los últimos años. El estado afectivo de la madre es considerado como objeto de atención como contraparte esencial en la construcción saludable o no del vínculo con su hijo. La experiencia clínica indica que la depresión en la madre deja importantes vacíos mentales difíciles de lograr simbolizar, pudiendo devenir en patologías depresivas o limítrofes (Green, A, 1990). Del mismo modo, la depresión interfiere en la construcción de un self materno capaz de reconocerse en sus funciones de atención y cuidado.

Si a las situaciones sociales de pobreza y marginación se le agrega la experiencia traumática de violación en masa como la que hemos visto en el caso expuesto, las posibilidades de recuperación se convierten en una tarea altamente difícil de alcanzar.

El trabajo de reestructuración psíquica, como sería lo que André Green llama “el trabajo de lo negativo”, se orientaría hacia la reducción de la ambivalencia de los objetos internos persecutorios, así como a la discriminación de la experiencia traumática como hecho independiente de la realidad viva e individual del hijo. Es decir, que Amanda pudiera reconocer que su hijo no era el monstruo que había venido viendo, sino más bien que los monstruos fueron los hombres que la violaron. Tarea que supondría en términos de Green el “separarse del objeto primario, protegerse contra el acting de las fantasías homicidas e incestuosas, y tener la autoestima necesaria para la confiabilidad del narcisismo” (p. 794).

Las posibilidades del cambio psíquico implicarían un proceso de mentalización (Fonagy & Target, 1996) a través del cual Amanda pudiera reconocer sus pensamientos, deseos y sentimientos en el contexto de la realidad traumática vivida desde una posición de auténtica indignación para dar con el tiempo y apoyo ambiental, como lo venía teniendo ya de parte de su tía, el paso del horror a la emergencia de una identificación narcisista capaz de establecer conexiones afectivas, “haciendo de tripas corazón”.

El breve y único encuentro con Amanda estimuló la reflexión sobre una propuesta de comprensión e intervención psicoanalítica en estos casos.

 

 

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Referencias

Bion, W,R (1962). Second thoughts . Londres: Karnac.

Fonagy, P & Target, M (1996). Playing with reality l. Theory of mind and the normal development of psychic reality. En: International Journal of Psychoanalysis, 77: 459-479.

Freud, S (1921) Psicología de las masas y análisis del yo. López Ballesteros (Trad), Obras Completas. Madrid: Biblioteca Nueva.

Green, A (1990) La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud. Buenos Aires: Amorrortu.

———-(1993). Narcisismo de vida y Narcisismo de muerte. Buenos Aires: Amorrortu.

———-(1995). La experiencia de lo negativo. Rev. De Psicoanálisis. APA, 52(3) p. 785-797.

————–(2001). La muerte en la vida. Algunos puntos de referencia para la pulsión de muerte. Rev. De Psicoanálisis, LVlll ,2, p. 291-309.

Kristeva, J (1988). Los poderes de la perversión. Buenos Aires: Siglo XXl.

Mijolla-Mellor, S (2004) Femmes, fauves et grands criminels. En: La cruauté au feminine. Paris: Presses Universitaires de France.

Pender, V (2006) El sadismo materno y el instinto materno asesino. En: La maternidad y sus vicisitudes hoy. Eds: Zelaya, C.R, Mendoza Talledo, J, Soto Dupuy, E. Lima : SIDEA.

Welldon, E (1995). “Maternidad pervertida” o “la perversión de la maternidad”. En: Perversiones. Lima: Biblioteca Peruana de Psicoanálisis.

Winnicott, D.W (1956). Preocupación maternal primaria. En: Escritos de pediatría y psicoanálisis (1981). Barcelona: Ed. Laia.

Zelaya, C. R (2003) La depresión postparto desde la pulsión de muerte. Tesis para optar el grado de Maestría en Estudios Teóricos del Psicoanálisis. Lima, Pontificia Universidad Católica.

——————(2006) La depresión posparto: del uso al abuso de objeto. En: La maternidad y sus vicisitudes hoy. Eds. Zelaya, C.R, Mendoza Talledo, J, Soto de Dupuy, E. Lima: SIDEA.

 

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Carmen Rosa Zelaya Pflucker, 2013

Psicóloga Clínica (PUCP), Magíster en Estudios Teóricos del Psicoanálisis (PUCP). Candidata del Instituto Peruano de Psicoanálisis con extensión en psicoanálisis de niños y adolescentes. Past President de la APPPNA. Investiga temas de género relacionados con la parentalidad.